jueves, 23 de julio de 2009

¿Y qué nombre le pondremos? Colette Capriles

EL NACIONAL - Jueves 23 de Julio de 2009 Opinión/13

¿ Y qué tal si tomamos en serio el "giro institucionalista" que preside el guión oficialista de las últimas semanas (cuyo rasgo más interesante es el agrio reproche a la oposición venezolana por presuntamente no condenar con suficiente ardor la eyección de Zelaya mientras se bautiza a una promoción de militares con el honroso título de "27 de noviembre")? Digo: el Gobierno puede estar en efecto tratando de apropiarse de un activo (o alternativamente: puede estar tratando de expropiar una marca) representado en la adhesión de casi 70% de la población al concepto de democracia social, como muestran distintas encuestas. Resemantizar la democracia social para ajustarla a las opulentas y al mismo tiempo desnutridas carnes del cuerpo del estalinismo del siglo XXI no puede ser mal negocio, si tuviera éxito.

Pero las encuestas están diciendo otras cosas, mucho más desagradables, que también explicarían esta súbita avalancha de nostálgicas declaraciones democrático-representativas. La evaluación de la gestión es cada vez peor y hasta la misma figura del prócer se desfigura con la erosión del mando. Es hora de abandonar el tablero de la aclamación popular, del soberano rendido a los pies del sultán enardecido, para recuperar el argumento de la legitimidad de origen y de la democracia como medio legítimo para acceder al poder y conservarlo, ilimitadamente eso sí. Un medio, no más. Lo importante, empero, es que la etiqueta funcione para designar precisamente su contrario.

Cada vez más se hablará de democracia para referirse a una impostura, a un arreglo institucional del poder que no tiene nada que ver con el sentido primario de la palabra democracia, que es, como la entendían los griegos, poder compartido, poder distribuido. O sea, poder que no se concentra en ninguna parte.

Ni siquiera hay que recurrir a la hipótesis del cinismo para que la impostura tenga lugar, porque hay quienes honestamente creen que la democracia debe metamorfosearse y convertirse en un instrumento de redención social que no podría tener lugar con aquella "burguesa" concepción griega de la democracia.

Porque hay un dilema planteado por lo real: el Presidente podrá legalmente presentarse cuantas veces quiera a unas elecciones, pero la gente quiere cambios y ello ya es una tendencia firme y duradera que recogen todos los estudios de opinión. Es como si, en un cierto sentido, la disposición del pueblo es a recuperar la constitución perdida en el alambique torcido de una legalidad sobrevenida. Y esa prueba crucial en que van a convertirse las elecciones para la Asamblea Nacional reconfigurará completamente el clima político. O bien los procesos que ya se avizoran siguen su curso a pesar de los intentos del Gobierno de desnaturalizar el sistema electoral, y en ese caso tendremos una Asamblea con una exigua mayoría no oficialista, o bien el Gobierno profundiza su voluntad de desvanecer el hilo institucional y se lanza a la aventura de la ingobernabilidad inventándose formas alternativas para designar a los diputados o para suspender las atribuciones de la Asamblea.

El hostigamiento permanente contra gobernadores y alcaldes de oposición constituye un ensayo general que podría rutinizarse para invalidar a diputados de oposición o incluso, preventivamente, a quienes quieran candidatearse para la Asamblea. O quizás asistamos a la invención de un sistema electoral que desempolve las restricciones censitarias que adornaban los comicios antes de 1946, y mediante una colección de filtros sucesivos (para las candidaturas, o a través de modificaciones de circuitos electorales) se permute la voluntad popular.

Pero la temperatura sube. No sé si los termómetros del Gobierno están sin calibrar o el aislamiento del aire acondicionado lo protege. Los episodios que están teniendo lugar (y que seguirán aconteciendo) en los que la gente se enfrenta al poder arbitrario sin otra arma que su indignación resultarán cada vez más reveladores, más elocuentes.

Me pregunto si, en el supuesto negado (hermosa locución dialectizante...) de que el Gobierno quisiera inaugurar el diálogo con la sociedad, está en capacidad de hacerlo.

Nunca tuvo ese hábito y quizás ya está demasiado viejo para aprenderlo.

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